El ombligo de las palabras

Cuando empezamos a hablar, lo primero que adquirimos son los nombres de las cosas: mamá, papá, pelota, perro, suboficial. Aprendemos a relacionar un algo y un sonido, y esa es la primera manifestación de una poderosísima herramienta.

A medida que nuestras habilidades con el lenguaje aumentan, aprendemos a relacionar de otras maneras. Aprendemos a describir, a agrupar en categorías, a comparar; no sólo aprendemos que las cosas son verdes, pesadas, suaves; aprendemos que también son buenas, malas, feas, mejores, peores, lindas, asquerosas, o deseables.

Así empezamos a juzgar el mundo: pelota grande, inyección mala, perro lindo, etcétera. Al poco tiempo, comenzamos a evaluar y juzgar de esta manera a otras personas: mamá buena, suboficial malo. ¿Por qué no? Relacionar así es una herramienta potente que permite diagnosticar y trazar líneas de fuerza en el mundo indiferenciado, hacerlo más manejable, más predecible, más seguro.

No pasa mucho tiempo hasta que empezamos a experimentar dificultades con el mundo, con los demás, y nos volvemos hacia nuestra novísima herramienta para diagnosticarnos, para evaluarnos a nosotros mismos, especialmente cuando experimentamos cosas que no sabemos cómo resolver en ese momento.

Soy torpe.

Empezamos con evaluaciones así, generales, una suerte de intuición difusa, pero de a poco, a medida que refinamos nuestra capacidad de evaluación, esos diagnósticos se vuelven un poco más precisos, un poco más finamente dirigido:

Soy  inadecuado con otras personas.

De a poco, vamos construyendo una red de evaluaciones, causas, efectos, explicaciones y justificaciones. Al utilizar la misma maquinaria mental que generó la evaluación inicial, la máquina de resolver problemas introduce una posible solución dentro de la formulación:

Soy inadecuado, no soy una persona querible, nadie  me va a elegir, puedo intentar ser un poco más inteligente y así me van a querer.

El problema es que de esa evaluación de sí mismo, esa historia (en el sentido tanto histórico como narrativo), es imposible de resolver. No es por incapacidad de encontrar la salida del laberinto: el problema está en la entrada.

La trampa es que una evaluación nunca es “correcta” o “verdadera”, ni podría serlo jamás. “Inadecuado” no es una propiedad inherente a una persona, de la misma manera que “grande” no es una propiedad inherente a una pelota. Son propiedades relacionales, propiedades establecidas por la categorización y evaluación ejercida por nuestra herramienta. Una pelota sólo es grande si se la compara con algo más chico, digamos, pero no es una cualidad absoluta; lo mismo pasa con “inadecuado”.

Una evaluación no representa una cualidad inherente de una cosa o persona sino un enunciado que es emitido sobre esa cosa o persona. Cuando decimos que un cuadro es “bello”, no se trata de que “bello” sea uno de los componentes del óleo al igual que los pigmentos, sino que es algo que se dice respecto de un cuadro, en un determinado contexto y situación (¿qué hubieran dicho los griegos de la época clásica al ver un cuadro de Xul Solar?).

Dado que nuestra mente trata siempre de ser coherente, una vez que compramos esa historia sólo va a considerar como válida toda información que la confirme, al tiempo que va a descartar cualquier información que podría contradecirla. Es lo que en psicología se denomina sesgo de confirmación: una vez que se emite la premisa “no soy una persona querible”, si alguien quiere estar conmigo se trata de una excepción, una anomalía, algo mal hay con esa persona o ha sucedido un milagro temporal (recuerdo la conocida sentencia de Groucho “nunca sería miembro de un club que me admitiera a mí como socio”). En cambio si alguien me rechaza es que mi evaluación es verdadera, efectivamente no soy querible.

En una trampa cruel de nuestra herramienta, si he incluido una forma de solucionar mi defecto diagnosticado (algo como por ejemplo “dado que soy inadecuado voy a compensar siendo inteligente”), si alguien me quiere es porque he sido inteligente, no porque sea querible como ser humano. Por tanto, tanto la evaluación como la herramienta se vuelven a confirmar en cualquier caso.

Entonces soltamos cosas, abandonamos caminos ominosos, nos protegemos de los riesgos. Nos aferramos en cambio a nuestras soluciones, compensando los supuestos defectos, adormeciendo dolores. Lidiamos con el mundo desde la premisa que plantea nuestra historia -aceptándola o rechazándola, lo mismo da, ya que ambas vías implican verificar la existencia de algo.

Eso es problemático: la historia carece de sutilezas, carece de flexibilidad, es una premisa que se pretende objetiva y universal, usada para lidiar con situaciones particulares. Está hecha de absolutos: todos, nadie, siempre, nunca, etc. La rigidez es mala guía para un mundo en movimiento.

Sin embargo, la historia no es falsa. Tampoco es verdadera, por supuesto. Corre por otra vía: es una evaluación, una historia, un juicio sobre algo. Así como una pelota no es inherentemente grande, un cuadro no es inherentemente feo, y una persona no es inherentemente inadecuada.

Pero la historia no se va a ir a ninguna parte. Se ha ensayado durante años, a lo largo de los cuales la hemos repetido miles de veces. Y cualquier cosa que hayamos hecho miles de veces queda grabado en nosotros -pienso en los versos de una canción infantil que habré escuchado menos de cincuenta veces y de la cual, varias décadas después, aún recuerdo una buena parte de la letra. No hay un botón de “borrar” en nuestra mente. No se va a ir, y las soluciones intentadas no funcionan para borrarla.

Soy inadecuado

No todo está perdido, pero el camino a seguir es inesperado ya que no es una solución lógica. Ese conjunto de evaluaciones y soluciones, esa historia, si bien no se puede borrar puede habitar en nuestra mente como la letra de aquella canción infantil: un conjunto de palabras, un fragmento de nuestra historia. De la misma manera que nuestro ombligo es vestigio de la primera herida que sufrimos, nuestra historia es el vestigio de nuestro primer uso de las palabras, el ombligo de las palabras. Si nuestro ombligo es testimonio de que nacer no es sin dificultades, nuestra historia es testimonio de que aprender a usar el lenguaje no es sin dificultades.

No podemos borrarla pero éste es el truco: no es necesario. Podemos recordar su carácter histórico, su carácter relacional; tomarla como el testimonio que es y dejar de usarla como guía para nuestras interacciones con el mundo. En lugar de que nuestra vida sea acerca de “como no ser inadecuado –o al menos que no se note”, hacer que esté al servicio de otras cosas; direcciones quizá también generadas por el lenguaje, pero un tanto más flexibles, un tanto más vitales, un tanto más elegidas.

Entonces, recordamos lo que es, le hacemos espacio, elegimos algo más como dirección vital y lo seguimos, recordando que la herida está y que tira para otro lado. Aquí resumimos ese proceso y lo llamamos aceptación y compromiso, pero también tiene otros nombres.

Nos leemos la próxima.

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