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El blog de Grupo ACT Argentina

Corré
Fragmentos clínicos

Corré

Siempre he sufrido bastante el calor. Crecí en un pueblo de la provincia de Santa Fe, en donde los días de verano son tórridos, las noches tardan en refrescar, y en general hay poco con lo que entretenerse. Cuando era niño con mi familia teníamos por costumbre en las noches de verano ir caminando con mis viejos y mi hermana a visitar a mis abuelos a unas dos cuadras de la nuestra –todo está cerca en el pueblo.

Siempre sucedía la misma escena. Yo tendría unos seis años y estaba acalorado. Un metro y algo de estatura, rubio (bayo, en realidad), pelo corte taza, igual de hinchapelotas que ahora pero con más energía y menos luces, y con una capacidad extraordinaria de agotar la paciencia de cualquier adulto. Y cada vez que salíamos de casa (en donde me la pasaba frente al ventilador) mientras íbamos caminando tenía lugar el siguiente diálogo:

Yo (con tono quejoso, arrastrando los pies y tirando la cabeza hacia atrás) –Maaaa, tengo calor.

Madre  (sonriendo levemente por la malicia de lo que va a decir) –Corré, corré, que se te pasa.

Yo, menos por obediencia que por aburrimiento, corría. Como dije, tenía menos luces que ahora. La sugerencia parecía funcionar para todos: mis viejos se libraban de mí por un rato, y por mi parte, cuando corría el aire de la noche me daba en el rostro y me refrescaba. Mientras corría se me pasaba el calor. Por supuesto, al poco rato de correr me cansaba, tenía que frenar y ahí volvía el calor, el del día y el del trote. Y el diálogo se repetía:

Yo (elevando el volumen) –Maaaa, sigo teniendo calor.

Madre (oscilando entre la maternidad y el infanticidio) –Corré más rápido, vas a ver que se te va a pasar.

Terco, aburrido y acalorado, yo volvía a correr, esforzándome para lograr un poco más de velocidad. La escena se repetía un par de veces más hasta que llegábamos a la casa de mis abuelos y me olvidaba del calor, pasando a molestar con otras cosas.

Estuve recordando esa idea en los últimos tiempos.

Corré que se te pasa.

Parecía un plan sensato en su momento. Corré, y si no se te pasa, corré más. El problema, huelga decirlo, estaba en el plan mismo. No era una cuestión de implementación, no se trataba de que no estuviese corriendo a la suficiente velocidad. El plan mismo no podía funcionar. Correr para sacarme el malestar del calor sólo podía dejarme con dos malestares: el calor del día y el calor por estar tratando de huir del calor.

El problema era abordar a una experiencia, como el calor, como si fuera un problema a resolver. Por supuesto, si se puede aminorar, perfecto. Puedo estar en casa con el aire acondicionado, pero si quiero salir porque hay algo importante afuera lo mejor que puedo hacer es darle la bienvenida al calor.

En los últimos tiempos he leído y escuchado una y otra vez actitudes similares con respecto a la ansiedad, la angustia, la incertidumbre, y demás sentimientos y pensamientos que estamos colectivamente experimentando.

Corré que se te pasa.

Buscá información, buscá culpables, ocupate, distraete, pensá en otras cosas, pensá positivo, pensá racional. Corré. No estoy en contra de ninguna cosa que aliviane la carga, en absoluto, como no estoy en contra del aire acondicionado. Pero como me sucedía con el calor, hay situaciones en las cuales esas estrategias sólo van a dejarnos con dos malestares: el malestar con el que partimos y el malestar por no poder sacarnos ese malestar primero. Colectivamente estamos atravesando una situación en la cual la incertidumbre, la ansiedad, la tristeza son inescapables.

Corré que se te pasa.

Como sucede con el calor, a veces puede ser útil la estrategia opuesta. Detenerse y hacer las paces con ese malestar. Darle la bienvenida como una experiencia, no como un problema a resolver. Si el malestar pasa, bien, y si no se pasa, también. No entrar en guerra con lo que nos pasa.

Lo importante en aquel momento era llegar caminando a la casa de mis abuelos, y eso involucraba sentir calor. Lo que colectivamente atravesamos y necesitamos hacer hoy también va a involucrar malestares. Podemos darle una silenciosa bienvenida y por una vez, aunque sea sólo por esta vez, dejar de correr.

Nos leemos la próxima.

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