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En términos de... Una aproximación a RFT
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En términos de… Una aproximación a RFT

Un efecto secundario de enseñar y escribir estupideces es que obliga a estar en la búsqueda de mejores formas de abordar y discutir ideas difíciles – empresa en la que fracasamos estrepitosamente, como puede comprobarse leyendo nuestros artículos, pero en la cual nos divertimos enormemente.

Y en el podio de las ideas más difíciles de transmitir y de comprender está el modelo conductual de cognición y lenguaje llamado RFT –por las siglas en inglés de Teoría de Marco Relacional (de paso, nunca entendí por qué, si el nombre en inglés está en singular en castellano se suele traducir en plural: “Teoría de los Marcos Relacionales”. Me suena a traducir “dog” por “perros”. Si alguien conoce la razón, cuente).

Es un tema que hemos tocado repetidamente en el blog, pero, como dicen respecto a Chernobyl, ¿qué daño puede hacer volver a visitar ese lugar? Así que imbuidos de optimismo insensato, ya que no de conocimientos, adentrémonos en esta condenada teoría, para intentar un nuevo abordaje de sus ideas centrales.

¿Qué es RFT?

RFT es una teoría (una más) que pretende dar cuenta de la cognición y el lenguaje, lo que en conjunto se denomina conducta verbal. Con esto nos referimos a hablar, comprender, pensar, analizar, comparar, resolver, etc., todo ese repertorio de conductas que pareciera ser tan característico de los seres humanos.

Lo inusual es que RFT no es una explicación de la cognición en términos mentalistas, como es habitual en el mainstream psicológico. Es decir, no explica el lenguaje y la cognición en términos de constructos hipotéticos tales como representaciones, esquemas, procesamiento de la información, módulos, etc., sino en términos conductuales, es decir, como acciones situadas en contexto, o dicho de otra manera, como formas de experimentar estímulos. Digamos, adelantándonos un poco: un marco relacional no es algo que esté dentro de la cabeza de una persona, sino que es una determinada forma de responder a eventos. Es como bailar:  afirmar que bailar está dentro de la cabeza de una persona es tan parcial como decir que está en sus tobillos (este abordaje, dicho sea de paso, no es algo que RFT haya inventado, sino que es lo usual en el análisis de la conducta).

Podríamos decir que el objetivo central de RFT es ofrecer una forma de comprender las conductas verbales que no sea especulativa ni reduccionista, que sea compatible con la tradición conductual y que permita generar aplicaciones prácticas y facilitar la investigación. Objetivos humildes.

El problema es que para la mayoría de las personas en psicología RFT es un abordaje levemente intimidatorio (lo cual es equivalente a decir que un rinoceronte abalanzándose sobre uno a toda velocidad es “levemente intimidatorio”). Sin embargo, creo que la dificultad principal que ofrece no es ambigüedad ni abigarrada complejidad. No es una teoría difícil por ser confusa, ambigua o contradictoria –nada más alejado de la realidad. Todos los conceptos son descriptos con precisión, detalle, y sin mucho lugar a interpretaciones confusas. El problema es que son conceptos abstractos, muchos y usualmente novedosos, que se entrelazan entre sí.  Se parece más a la demostración de un teorema que al estilo de especulación psicológica que es tan preciada en nuestra disciplina y que tantos exámenes nos ha ayudado a aprobar aun desconociendo prolijamente el tema (sanata, chamuyo, guitarreada se denomina en Argentina, los colegas de otros países pueden colaborar enviándonos sus propios términos). Entender RFT es como hacer malabarismo manteniendo diez pelotitas en el aire: al menor descuido se nos cae todo lo que creíamos estar entendiendo. Conceptos abstractos en una teoría elegante.

El plan para hoy, entonces, es destruir esa elegancia conceptual, para ofrecer en cambio una cruda, brutal y técnicamente errónea interpretación de RFT. Si prefieren un recuento más técnico y conceptualmente correcto, lean cosas buenas sobre RFT (libros y artículos, hay decenas), pero si lo que están buscando es más bien tener un panorama general del asunto, especialmente para pensar fenómenos clínicos, quédense un rato que quizá algo de esto les sirva.

RFT

La pregunta que intenta responder RFT puede describirse más o menos así: ¿cómo podemos entender las conductas de hablar, comprender, pensar, comparar, juzgar, etc.? ¿Qué es necesario para que un ser humano puede hacer esas cosas? ¿Cuál es el corazón del lenguaje y la cognición? ¿Por qué enumeré tres preguntas cuando dije que intentaba responder una?

La respuesta es engañosamente simple: para RFT, todo lo que llamamos lenguaje, cognición, mente, etc., se puede reducir a esto: responder a un estímulo en términos de otro estímulo.

Si parece demasiado simple, es porque efectivamente lo estoy simplificando –y porque, como avisé, no estoy intentando un recuento técnico sino dar una explicación un poco más amistosa. Desde ese lugar, insisto entonces: todo lo que llamamos verbal –todo el repertorio de conductas simbólicas, si quieren un término más usado en el ámbito psi– consiste en responder a un estímulo en términos de otro estímulo. Toda la complejidad de la conducta verbal en los humanos se puede explicar a partir de la generalización de esta conducta y los complejos efectos que esta aparente simpleza origina.

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Consideren la conducta verbal más sencilla, lo primero que aprenden a hacer con palabras los seres humanos: nombrar cosas o personas. Aprender cabalmente la palabra “mamá” consiste en aprender responder a un estímulo A (digamos, el sonido “mamá”), en términos del estímulo B (esa humana que nos tiene en brazos y nos alimenta hasta la tierna edad de 28 años). Así una niña que escucha el sonido “mamá” responde a ese sonido en términos de ese otro estímulo que es la madre (por ejemplo, respondiendo a ese sonido con alegría o con aprensión, como experimenté repetidamente en mi niñez luego de romper algo y que alguien dijera “ahí viene tu mamá”).

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Este “responder en términos de” tiene dos aspectos que podemos distinguir. En primer lugar, es necesario aprender, entrenar o establecer alguna relación entre A y B (como por ejemplo, que A es equivalente a B, o que A es menor que B, o que A pertenece a B, etcétera). Esa relación podemos aprenderla ya hecha o la podemos emitir nosotros mismos, ya sea bajo pedido de alguien o por propia iniciativa.

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En segundo lugar, esto involucra emitir una respuesta al estímulo A según esa relación con B:

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Entonces, responder “en términos de” tiene dos aspectos: establecer alguna relación entre A y B, y responder a A en términos de esta relación específica con B. Lo primero tiene que ver con la relación entre los estímulos A y B, lo segundo tiene que ver con la respuesta al estímulo A. Relación y respuesta no son términos técnicos, sino acuñados para la ocasión, reténgalos porque vamos a trabajar con ellos.

Pongamos un ejemplo bien nerd, para que no nos acusen de facilismo. En una investigación de hace unos años (Dougher, Hamilton, Fink, & Harrington, 2007) se entrenó a los participantes para que aprendieran relaciones entre tres símbolos abstractos, que llamaremos A, B y C. La relación que los participantes aprendieron fue que A era menor que B, y que B era menor que C (es decir, que  A<B<C).

Luego de aprendidas esas relaciones, el estímulo B –y sólo ese estímulo– fue asociado con un shock eléctrico leve (es decir, se le confirió una función aversiva), de manera que después de varias asociaciones de estímulo B y shock al presentárseles el estímulo B los participantes reaccionaron con un cierto grado de activación fisiológica (medida a través de la conductancia de la piel). Esta segunda parte es similar a los experimentos de Pavlov, un estímulo neutro (B) empieza a elicitar una respuesta a través de su asociación con un estímulo incondicionado (el shock eléctrico).

Pero cuando en la tercera fase del experimento se presentaron los estímulos A y C, que no habían sido asociados a un shock eléctrico, los participantes espontáneamente respondieron a ellos con activación fisiológica, pero con menor activación al estímulo A, y con mayor activación al estímulo C.

Es decir, establecida una cierta relación entre A, B, y C, los participantes respondieron a A y C en términos de sus respectivas relaciones con B. En esta investigación está el corazón de lo que venimos diciendo.

Es interesante que las respuestas al estímulo C hayan sido más intensas que al estímulo B, a pesar de que éste fue el único estímulo que se asoció directamente con el shock –esto va a contramano de lo que esperaríamos de un paradigma de condicionamiento respondiente, ya que siempre esperaríamos que el estímulo directamente asociado al shock genere mayor respuesta que los estímulos indirectamente asociados.

Mencionamos antes que esto tiene dos partes: establecer una relación entre estímulos, y luego emitir una respuesta al estímulo en cuestión según esa relación. Es particularmente importante retener esto: la relación entre los estímulos, una vez aprendida, no se puede borrar. Una vez que aprendo, por ejemplo: “este es Jorge” (relación entre sonido=persona), no puedo olvidarlo voluntariamente, porque es una conducta que está en mi repertorio y las conductas no se borran (no pueden “borrar” voluntariamente, por ejemplo, la conducta aprendida de leer). Por supuesto se pueden establecer nuevas relaciones (“ah, no, no es Jorge, es Gustavo”), pero esa relación inicial va a seguir estando. El conjunto de ese repertorio conductual, de esas relaciones aprendidas y derivadas, eso es lo que llamamos “mente”.

La segunda parte, la de responder al estímulo en términos de esa relación, sí es constantemente modificable, porque es como respondemos cada vez a un estímulo. Eso está determinado por ciertos aspectos del contexto, que pueden ser palabras, gestos, la configuración de situaciones, etc., y varían en cada ocasión. Si me dicen “imaginá a Jorge” voy a hacer algo muy distinto que si me dicen “tirale un tomo de Lacan a Jorge” o si me dicen “viene Jorge enojado porque le tiraste un libro de Lacan por la cabeza”. En cada caso voy a responder de manera distinta a la relación entre el sonido “Jorge” y el Jorge de carne y hueso.

Relaciones socioculturales

Las relaciones entre estímulos son completamente arbitrarias. Digamos, usar la palabra “perro” para denominar al perro es completamente arbitrario ya que no hay ninguna coherencia esencial entre la palabra y el perro en sí. Podríamos usar cualquier otro sonido, en principio.

Las relaciones entre estímulos, entonces, podrían ser completamente distintas cada vez. Pero mayormente no lo son, como podemos apreciar por el hecho de que cuando digo “perro” saben a qué me refiero, porque ustedes usan el mismo sonido para experiencias similares. Estas relaciones son arbitrariamente aplicables, en principio, pero habitualmente no son arbitrariamente aplicadas.

Lo que sucede que el entorno sociocultural proporciona relaciones “pre-fabricadas” entre estímulos. Esto es, a través del lenguaje, de la interacción con otras personas, los libros, la tele, etc., vamos recibiendo relaciones ya establecidas entre estímulos a las cuales luego responder. Aprendemos que “la radioactividad es peligrosa”, que “las verduras son buenas para tu salud”, y que si adoptamos una familia de comadrejas, a la grande hay que ponerle Cuca.

Estas relaciones entre estímulos son útiles y necesarias porque gracias a ellas no tenemos que inventar la rueda cada vez. Esas relaciones son útiles porque nos proporcionan pistas para lidiar con el mundo natural y el mundo social. “El que come y no convida tiene un sapo en la barriga”, por ejemplo, incita a la cooperación y solidaridad (todo mi conocimiento social se deriva de versitos, no me juzguen).

El problema es que seguir esas relaciones arbitrarias prefabricadas también pueden resultar dañino o acarrear consecuencias indeseables. Por ejemplo, cuando esas relaciones heredadas socioculturalmente establecen que “un hombre no llora”, esa relación puede llevar a que un hombre responda a su dolor psicológico minimizándolo o tratando de ocultarlo.

Este es el motivo por el cual van a encontrar que en ACT el entorno sociocultural tiene un énfasis mayor que en otros modelos de psicoterapia. Traer a la luz esas relaciones y exponerlas como arbitrarias, es una buena parte del trabajo de defusión. Si podemos exhibir a “un hombre no llora” como una regla arbitraria, podemos ayudar, por ejemplo, a que un hombre tenga una respuesta más flexible al dolor psicológico.

Y ya que estamos en tema, el término “deconstrucción”, que está en boga hoy, puede entenderse como el proceso de exhibir ciertas relaciones prefabricadas entre estímulos, especialmente las vinculadas a temas de sexo y género, como la ya citada “los hombres no lloran”. Deconstrucción es, en esencia, un proceso colectivo de defusión de ciertas normas y relaciones culturales prefabricadas.

Como vimos, sin embargo, no hay forma de borrar una relación, por lo cual es probable que tales sesgos sigan estando, lo que sí puede cambiar es la forma de responder a los estímulos involucrados.

Las consecuencias

Lo que hemos simplificado aquí como responder a un estímulo en términos de otro puede parecer demasiado simple, pero sus consecuencias son enormes para una persona. No quiero extenderme aquí demasiado sobre cómo esto da origen a todo nuestro repertorio simbólico, para eso pueden ver alguno de los otros artículos que tenemos sobre RFT, o mejor aún leer un libro. Lo que sí querría que retuvieran por ahora es que, entre otras cosas, responder a un estímulo en términos de otro nos permite crear conceptos abstractos y usarlos para estructurar otros eventos.

El proceso de creación de metáforas y conceptos abstractos excede lo que aquí podemos detallar, pero querría señalar que las metáforas permiten aprehender experiencias difíciles de asir. Así por ejemplo, relacionar una sensación física con un camino angosto y difícil de transitar nos permitió denominar a ese manojo de sensaciones angustia (algo así como “se siente como algo que se cierra”, aguante la etimología). El lenguaje psicológico está plagado de términos metafóricos que han surgido de esa manera y que luego olvidamos que eran metáforas –pienso en “depresión” que viene de hundimiento, “emoción” que se refería a una muchedumbre enardecida, el muy reciente “flow”, etc. Pero me estoy yendo de tema, volvamos.

Lo central para la perspectiva clínica creo que es esto: respondemos a cualquier concepto, persona, situación, objeto, experiencia, sentimiento, pensamiento, recuerdo, etc. siempre en términos de algún otro concepto, persona, situación, objeto, experiencia, pensamiento, recuerdo, etc. No respondemos a las cosas en sí, sino a las cosas en términos de otras cosas. Si lo decimos en términos aún más cotidianos: están los eventos y está lo que nuestra mente dice sobre esos eventos (las relaciones que establece).

Particularmente relevante para la clínica es que podemos responder a cualquier experiencia en términos de un concepto abstracto -en esto consiste lo que comúnmente llamamos juzgar o evaluar. Por ejemplo, podemos responder a la interacción con otra persona en términos del concepto injusticia (“es injusto que me trates así”), o podemos responder a una emoción en términos del concepto indeseable (“el miedo es indeseable”). Esos juicios son arbitrarios, por supuesto: tanto podemos responder a un desacuerdo en términos de “injusticia” como en términos de “daño”, o de “negociación”, o cualquier otro. Esto es normal, es como funcionamos, respondemos a los eventos en términos de otros. Pero en ciertas situaciones puede ser algo problemático porque esas relaciones alteran el impacto psicológico de una situación, emoción, pensamiento, etc.

Responder a esas relaciones puede alterar radicalmente cómo vivimos una situación.

Tomemos por ejemplo, una discusión en una pareja. Los desacuerdos son perfectamente normales, pero requieren cierta flexibilidad de respuesta, lidiar con el malestar, poder cambiar de puntos de vista, desescalar situaciones, etc. Pero si uno o ambos miembros de la pareja responden a la discusión (estímulo A) en términos de “me voy a quedar solo para siempre” o “no voy a poder hacer lo que quiero nunca” (estímulo B), es muy probable que toda su flexibilidad de respuesta se vaya al cuerno, porque lo único que importará será cómo evitar quedarse solo o perder la autonomía, es decir, pasará a estar bajo control aversivo, lo cual hace que una persona propenda a la huida o la lucha.

Lo mismo pasa si respondemos a la experiencia de sentir ansiedad(estímulo A)  en términos de “es indeseable”, “es peligrosa” (estímulo B), o algún otro juicio similar: nuestro repertorio de respuestas se va a ver reducido a formas de eliminar o controlar esa ansiedad, ya sea calmándonos, evitando los contextos que la generan, distrayéndonos, etc.

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Lo mismo si respondemos a un pensamiento o recuerdo en términos de “malo”, “negativo”, “intolerable”, o si respondemos a nuestro propio cuerpo en términos de “feo” o “desagradable”. En todos estos casos, el problema central es la pérdida de la flexibilidad, se pierden opciones porque la conducta está mayormente orientada a huir o controlar. No voy a poder ser amable y negociar si el resultado de una discusión puede significar “soy un perdedor”, por ejemplo. En ese caso predominarán las acciones de evitación y control por sobre cualquier acción flexible orientada a valores.

Y ese es el problema central que traen nuestros pacientes: responder a un estímulo en términos de otro puede generar un repertorio reducido y/o rígido de respuestas posibles para lidiar con lo que el mundo presenta. El problema que presentan nuestros pacientes, en líneas generales, es la dificultad para modificar su repertorio de respuestas a ciertos eventos: “no puedo hacer X” o “no puedo dejar de hacer X”. Y esa dificultad surge, en una parte significativa de los pasos, en que se responde no a los eventos en sí sino en términos de otros eventos, como por ejemplo:

  • en términos de reglas poco efectivas (por ejemplo, reglas de evitación)
  • en términos de mandatos socioculturales
  • en términos de juicios, evaluaciones, predicciones, etc.
  • en términos de lo que significa personalmente.
  • etcétera.

Reestructuración versus defusión

Sabemos que los juicios son arbitrarios. La ansiedad no es mala ni buena, sino que mala, buena, normal, anormal, excesiva, tolerable, etc. son juicios que nuestra mente emite sobre la ansiedad. Decir que la ansiedad es mala es tan arbitrario como decir que es buena o que es normal. Sin embargo, tendemos a decir que la ansiedad es normal. Esto es porque si se responde a la ansiedad como si fuera normal probablemente no haya mucha restricción del repertorio conductual: no es necesario hacer nada si la ansiedad no es amenazadora, solo se siente. La alegría, por ejemplo, no es habitualmente un problema pero no porque sea agradable, sino porque no se la suele tratar como indeseable ni como problema a resolver. De hecho, cuando se responde a una experiencia supuestamente “agradable” en términos de indeseable pueden aparecer rápidamente problemas clínicos, como desgraciadamente suele pasar cuando una víctima de violación tiene un orgasmo espontáneo durante el evento.

En este punto, la terapia cognitiva más clásica y ACT comparten más o menos una idea similar, que si la enunciamos en términos más cogni quedaría aproximadamente así: la forma de interpretar los hechos es central a cómo respondemos a ellos. Por eso una buena parte de la terapia cognitiva se enfoca en modificar la interpretación de los hechos. Así, en lugar de juzgar una situación como “catastrófica” se le enseña al paciente a verla en términos más adaptativos, digamos, que la situación es “normal y desafiante”. ¿Recuerdan que hay dos partes, la relación entre estímulos y la respuesta a uno de ellos en términos del otro? Reestructuración cognitiva se trata de intentar modificar la relación, para ver si esto conlleva cambios en la respuesta. Si veo a la situación como normal en lugar de catastrófica, probablemente pueda responder de manera más flexible a ella.

Esto suele funcionar en una buena parte de los casos. Por eso a veces también la psicoeducación puede ser útil, porque proporcionar información clave puede ser útil, como cuando le decimos a una persona que está atravesando un duelo “es normal sentir insomnio y perder apetito en esa situación”, lo cual puede ayudar a ser más compasivo con esas reacciones.

Pero el chiste es este: una relación aprendida no se puede borrar. Se pueden crear nuevas y distintas relaciones, pero no borrar las anteriores. Ustedes no pueden olvidar, por mucho que lo intenten, que 1 es menor que 10, por poner un ejemplo. Por eso el pensamiento positivo no funciona: si pensamos “soy una persona desagradable”, la mera repetición de “soy una persona querible” no borra la relación previa y puede de hecho empeorar el estado de ánimo, como han demostrado varias investigaciones (Wood, Elaine Perunovic, & Lee, 2009).

En cambio, en lugar de enfocarse en modificar la relación, las intervenciones de defusión intentan modificar la respuesta dada al estímulo. Defusión se trata de facilitar el responder a las cosas que se nos presentan y no a lo que nuestra mente dice que esas cosas son.

Todo estímulo tiene dos aspectos, por decirlo de alguna manera: sus características propias, y las características que tiene por sus relaciones establecidas con otros estímulos. Si les presto una birome para escribir, esa birome tendrá características primarias a las cuales pueden responder (color, textura, tinta, etc.). Si les digo, después de un rato, que esa lapicera me la regaló el emperador de Japón y vale unos dos millones de dólares, esa birome tendrá otras funciones psicológicas para ustedes gracias a esa relación, sin que las características primarias se hayan modificado un ápice. Quizá la traten con mucho más cuidado, o me la devuelvan inmediatamente, o se la roben.

Lo que estarán haciendo en ese caso será responder a la birome (estímulo A), en términos de su valor monetario (estímulo B). Básicamente eso es fusión, responder mayormente a las relaciones de un estímulo.

Y defusión, por tanto, consiste en propiciar un contexto tal que se pueda responder al estímulo en sí, no al estímulo en términos de algún otro estímulo. Por eso defusión no consiste en pensar “la ansiedad es buena”, por ejemplo, sino en propiciar un contexto en el cual se pueda experimentar la ansiedad tal como se presenta, en lugar de responder a ella en términos de lo que nuestra mente dice que es. Por eso el trabajo con defusión es más general que el trabajo de reestructuración, porque el foco no está en pensamientos específicos, sino en cambiar la forma de responder a la mente en general. Intentamos traer a la luz lo que hace nuestra mente en general para que tenga menos impacto sobre lo que hacemos, es decir reducir el impacto que las relaciones tienen sobre las respuestas. Por eso jugamos tanto con los pensamientos y con las palabras. Los pensamientos son sólo palabras y relaciones entre palabras, la carga psicológica que llevan está dada por lo que nuestra mente dice que esos pensamientos significan, sus relaciones con otros estímulos.

Acción comprometida y Valores

Está más allá del alcance de este artículo (léase: mis ganas), el abordar todo el hexaflex desde esta perspectiva, pero creo que vale la pena considerar el caso de valores porque permite apreciar la amplitud de este proceso.

En cierto sentido, guiar la acción por valores consiste en responder al estímulo presente en términos de otro estímulo. Digamos, para retomar el ejemplo anterior, lidiar con una discusión de pareja (estímulo A), en término de la persona que querría ser en esas situaciones, por ejemplo “cálido, compañero y atento” (estímulo B).

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Por eso los valores se estructuran de manera positiva, abstracta e inagotable, para que en cualquier contexto relevante puedan ser el estímulo B en base al cual estructurar el estímulo A. Por eso intentamos que los valores redirijan a las cualidades experienciales, directas, de las situaciones.

Por decirlo de alguna manera: dado que los seres humanos somos verbales, siempre vamos a responder a un estímulo A en términos de otro estímulo B. Cuando ese estímulo B son reglas que no funcionan, evaluaciones, juicios, etc., la flexibilidad puede disminuir; cuando ese estímulo B en cambio, son cualidades deseadas de la acción y direcciones vitales generales (valores), la flexibilidad de respuesta puede aumentar.

Cerrando

Si algo de esto tuviesen que retener, clínicamente, es esto: las personas lidian las situaciones (pensamientos, emociones, interacciones, etc.), en base a otros estímulos (palabras, reglas, conceptos, experiencias, etc.).

Cuando se encuentren con una respuesta rígida a una situación pueden preguntarse esto: ¿en base a qué concepto, regla, experiencia está esta persona lidiando con esta situación? Teniendo siempre en cuenta que no tratamos de reemplazar esa relación por otra “más correcta”, ya que todas son arbitrarias, en última instancia. Lo que tratamos es de socavar el peso que estas relaciones tienen sobre las respuestas, para así favorecer un repertorio más flexible, más vital.

Espero que algo de esto les haya servido. Creo que el artículo ha quedado arduo y árido pese a mis esfuerzos (ahí hay una relación, gracias mente). Tengan en cuenta que lo que hemos intentado aquí es traducir ciertos aspectos de RFT a un lenguaje más accesible, por lo cual se le pueden hacer varias objeciones técnicas a lo aquí expuesto, por lo cual repito: si quieren mayor precisión, vayan a los libros de RFT.  Si tienen dudas, comentarios u objeciones, pueden dejarla en la sección de comentarios que está aquí abajo.

Nos leemos la próxima!

 

Referencias

Dougher, M. J., Hamilton, D. A., Fink, B. C., & Harrington, J. (2007). Transformation of the Discriminative and Eliciting Functions of Generalized Relational Stimuli. Journal of the Experimental Analysis of Behavior, 88(2), 179–197. https://doi.org/10.1901/jeab.2007.45-05

Wood, J. V, Elaine Perunovic, W. Q., & Lee, J. W. (2009). Positive Self-Statements. Psychological Science, 20(7), 860–866. https://doi.org/10.1111/j.1467-9280.2009.02370.x

 

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