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Las palabras como herramientas: los términos de nivel medio
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Las palabras como herramientas: los términos de nivel medio

En lo que se denomina ciencia conductual contextual hay un tema que me resulta particularmente interesante y que raramente es discutido en la psicología: la utilización deliberada de términos de nivel medio:

Hemos escrito ya con anterioridad sobre el tema (por ejemplo, en este link), pero creo que vale la pena revisitarlo desde otra perspectiva, porque puede aclarar algunos interrogantes respecto al lugar que los conceptos de ACT ocupan en la ciencia de la conducta. Y sobre todo porque sospecho que abordando este tema finalmente podré convertirme en influencer y conseguirme canje de artículos (cualquier cosa está bien; viniendo de arriba, hasta rayos agarro) #terminosdenivelmedioencienciaconductualcontextual (no sé bien cómo hacer hashtags pegadizos, perdón, ya le voy a agarrar la mano).

¿Qué es un término de nivel medio?

Para abordar lo de términos de nivel medio nos va a resultar útil considerar la idea de distintos tipos de conocimiento.

He citado anteriormente la siguiente línea de Pepper(1942, p. 39), que siempre me ha parecido estimulante: “¿Por qué debería el conocimiento comenzar con certezas? ¿Por qué no podría surgir como surge el día del amanecer, desde la semipenumbra del semiconocimiento, e ir creciendo gradualmente hacia la claridad e iluminación?” La idea de Pepper es que el conocimiento se construye a partir de experiencias del sentido común que se van refinando progresivamente. Partimos de lo familiar, de las experiencias del sentido común, y a partir de análisis y corroboración vamos depurando esos conocimientos hasta llegar a un conocimiento más abstracto, más preciso, con menos contradicciones y más ampliamente aplicable. Por ejemplo, a partir de la experiencia del sentido común de los cuerpos que caen, a través de un refinamiento progresivo, a lo largo de años y siglos, llegamos a un concepto como la gravedad, que nos permite comprender no sólo la caída de una manzana (#Newton) sino también la distribución del sistema solar y los agujeros negros.

Tenemos entonces dos polos: por un lado el sentido común, el conocimiento cotidiano, por otro lado el conocimiento refinado, propio de las ciencias y filosofía. Ambos son formas de conocer, pero tienen distintas fortalezas y debilidades. El sentido común es impreciso, contradictorio, ambiguo, inestable y bastante alérgico al análisis detallado, pero a cambio es notablemente sólido, es un conocimiento que es tierra firme, que es intuitivamente seguro. “El sol sale por el horizonte” es una experiencia bastante sólida para un ser humano. Pero esta solidez empieza a revelar contradicciones e inestabilidades cuando se lo somete a un análisis crítico (porque por supuesto, como ya sabemos la tierra es plana, el sol es un cohete de la NASA, y las vacunas causan calentamiento global). El conocimiento refinado, por su parte, es preciso, coherente, estable, y soporta el análisis crítico, pero tiene la gran desventaja de que ser muy poco intuitivo, muy difícil de captar por mera intuición. La celebérrima fórmula E=mc2 es muy útil, muy precisa, pero es casi imposible de captar intuitivamente sin recurrir a ejemplos del sentido común.

Ambos dominios de conocimientos son útiles, aunque de distintas maneras. El conocimiento refinado tiene mayor amplitud, es decir, puede dar cuenta de mayor cantidad de fenómenos que el sentido común. Conocer el movimiento de los astros permite dar cuenta de mayor cantidad de hechos que el mero dato del sentido común “el sol sale en el horizonte”. En cambio, el sentido común es muy útil para ejemplificar y captar los conocimientos refinados, que son demasiado tenues y abstractos en su definición.

Las palabras como herramientas: los términos de nivel medio

Si volvemos a nuestra área, en psicología el sentido común es lo que incluimos en los llamados términos de nivel alto, términos y conceptos que no pertenecen a ninguna teoría psicológica en particular y que el común de la gente suele manejar cotidianamente, como memoria, mente, creencias, emociones, etcétera. Los términos de nivel alto son confiables intuitivamente. Todos sabemos a qué nos referimos cuando hablamos de emoción, por ejemplo. Pero esa seguridad es engañosa, y  se deshace en pedazos en cuanto un análisis crítico empieza a revelar las contradicciones que son inherentes a todo el sentido común.

Creo que gran parte del problema de la psicología es que el grueso de los modelos teóricos en la disciplina intentan teorizar con términos de nivel alto, con términos del sentido común (angustia, pensamientos, creencias, emociones, por nombrar algunos), lo cual inevitablemente lleva a confusiones y contradicciones, porque es la naturaleza del sentido común el ser intuitivamente confiable pero en última instancia confuso y contradictorio.

A veces se intenta suplir esto impartiéndole de manera arbitraria una definición más o menos precisa a un término de sentido común para así convertirlo en un término técnico, pero suele suceder que el sentido común termina empañando la precisión. Por ejemplo, he comentado aquí que más de una vez los investigadores en el campo de emoción han querido abandonar el término “emoción” por ser confuso y contradictorio (Dixon, 2012). Este es uno de los motivos principales por los cuales Skinner trató de esquivar el uso de términos de sentido común utilizando neologismos o términos de otras áreas –viéndolo a la distancia creo que fue una buena idea, basta con observar la cantidad de confusiones y malentendidos a que dio lugar uno de los pocos términos de sentido común que quedaron: castigo.

En contraste, la investigación más rigurosa en psicología (el análisis experimental de la conducta, por ejemplo) utiliza términos de nivel bajo o términos básicos, que son extraordinariamente precisos y también extraordinariamente tenues y con frecuencia poco intuitivos. Como ejemplo podríamos tomar aquí toda la terminología de reforzamiento, control por estímulo, programa de tasa variable, operaciones establecientes, y un largo etcétera. Estos son conceptos muy precisos pero también, por abstractos, difíciles de asimilar sin bastante entrenamiento (¿cuántas veces han presenciado la confusión entre reforzamiento negativo por castigo, por ejemplo?).

Idealmente querríamos que la psicología lidiara solo con términos de nivel bajo, pero los términos de nivel bajo tienen el problema de que suelen resultar engorrosos para las aplicaciones prácticas. Si tuviera que conceptualizar todo lo que hace un paciente en una sesión de una hora utilizando exclusivamente términos de nivel bajo probablemente perdería la poca cordura que me queda (y digamos que no estoy como para derrocharla, #limado). Puedo conceptualizar algunos fragmentos de sesiones en términos de nivel bajo, pero si tuviera que hacerlo con todas las sesiones no podría siquiera intervenir como psicoterapeuta porque me la pasaría tratando de ordenar mis ideas.

Términos de nivel medio

Entre la seguridad y contradicción de los términos de nivel alto, y la inseguridad y precisión de los términos de nivel bajo están los términos de nivel medio. Éstos se refieren a términos que no son del sentido común, que son específicos de una teoría, pero no tienen la precisión y claridad de un término de nivel bajo.

Cuando hablamos de ACT, hablamos casi exclusivamente de términos de nivel medio. Todas las dimensiones del hexaflex son términos de nivel medio: aceptación, defusión, contacto con el presente, perspectiva, valores, acción comprometida. La mayoría de los términos de RFT, en contraste, sí son términos de nivel bajo.

Los términos de nivel medio tienen que cumplir con dos criterios. En primer lugar deben ser coherentes con los términos básicos, esto es, no pueden contradecirlos. Cualquier término de nivel medio tiene que poder ser explicado completamente por términos de nivel bajo, al menos en principio.

En segundo lugar, los términos de nivel medio tienen que ser útiles para su ámbito de aplicación. Esta segunda característica es su razón central de existir. La gran ventaja de los términos de nivel medio es que permiten que las personas realicen intervenciones que sean, al menos, coherentes con la terminología básica de la disciplina sin que necesariamente tengan que dominarlos. Hablar de “defusión” o “valores” por ejemplo, es una manera práctica de que una profesional lleve a cabo una intervención que impacte en la conducta del paciente sin tener una formación rigurosa en análisis de la conducta –cosa que no mucha gente está interesada en hacer.

En ese sentido, los términos de nivel medio son como una pizza congelada: cualquier persona con un mínimo de conocimientos culinarios puede comprarla y prepararla de manera de tener un resultado bastante decente (con la ventaja de que la pizza incluso cuando es mala sigue siendo buena, en eso se asemeja al sexo, claro está). Por supuesto, saber cómo hacer una buena pizza napolitana (lo que sería tener conocimientos de nivel bajo o básico) otorga un resultado muy superior y una mayor flexibilidad al cocinar, pero lleva cien veces más tiempo que cocinar una pizza congelada. Y la razón por la cual existen las pizzas congeladas es la misma que la de los términos de nivel medio: practicidad. A las cinco de la mañana y bajo la influencia de sustancias, incluso un chef se mostraría poco proclive a cocinar.

Las palabras como herramientas: los términos de nivel medio

Traducciones entre niveles

Cada tanto, hablando con un querido amigo tenemos desacuerdos con respecto al uso de los términos de nivel medio y especialmente respecto a cómo interpretarlos o traducirlos a términos básicos, más precisos. Mi posición es que los términos de nivel medio no pueden traducirse punto por punto a términos de nivel bajo, porque no estamos hablando de lo mismo con distintas palabras.

En su esencia, los términos de nivel medio son una suerte de resumen, generalizaciones inductivas (Hayes & Plumb, 2007) a partir de una serie de análisis funcionales contextuales de conductas. No son términos que describan una conducta, ni a un contexto, ni a una relación funcional, por lo cual una traducción literal entre niveles es imposible porque los términos de nivel bajo sí se refieren a una conducta, un contexto, o una relación funcional, como es el caso de un término como “reforzamiento”.

Por ejemplo, no hay un término básico que dé cuenta de “defusión”, que es un término de nivel medio, sino que es necesario un análisis extenso, porque “defusión” se utiliza para designar a varias conductas en y con ciertos contextos. Por ejemplo, aquí hay todo un artículo académico dedicado a dar cuenta del término “defusión” (Blackledge, 2007), y este es otro que discute al primero y proporciona una explicación ligeramente distinta (Assaz et al., 2018). Es necesario todo un artículo y no una mera sustitución de palabras porque los términos no son completamente equivalentes.

Para decirlo de otra manera: los términos de nivel medio no son meramente sinónimos de los términos de nivel bajo o los de nivel alto y las traducciones literales entre niveles terminan siendo tiradas de los pelos –podría aquí ganar aún más enemigos señalando que la frase frecuentemente citada de Skinner en el Walden Dos: “¿Qué es el amor (…) sino un sinónimo de reforzamiento positivo?” comporta el error fundamental de intentar traducir un término de nivel alto (amor) a un término de nivel bajo (reforzamiento positivo), como si fueran meramente sinónimos, pasando por alto la naturaleza ambigua y contradictoria del primero y la abstracción y precisión del segundo (aunque en la novela Skinner tuvo el buen tino de atribuírsela al ficticio Frazier, que era un poco fanático).

Cerrando: fortalezas y debilidades

Los términos de nivel medio suelen encontrarse con algunos problemas y reticencias.

En primer lugar, las personas que trabajan con términos de nivel bajo objetan la relativa imprecisión de los términos de nivel medio. La objeción es completamente comprensible, pero creo que es necesario considerar el contexto y los objetivos que se quieren lograr. Digámoslo así: un ingeniero militar no necesita pensar en términos de física cuántica para construir un puente provisorio.

Especialmente al lidiar con presiones de tiempo y recursos es útil contar con generalizaciones inductivas que, siendo coherentes con los términos básicos, permiten intervenciones efectivas en contextos aplicados. Si queremos formar profesionales que no puedan darse el lujo de formaciones extensas o de supervisiones regulares, es preferible contar con un aparato conceptual que permita realizar y comunicar intervenciones efectivas con un mínimo de esfuerzo. Eso es lo interesante del hexaflex, creo, el resumir en unas pocas dimensiones una serie de principios que permiten guiar tanto el diagnóstico como las intervenciones, manteniendo una coherencia relativa con los procesos de laboratorio. Contar con una terminología accesible puede ayudar a tener aplicaciones prácticas, y también puede hacer que luego aprender la terminología básica sea más apetitivo. Creo que es algo innegable que ACT y modelos similares han revigorizado el interés por el análisis de la conducta, probablemente porque proporcionan una vía de entrada más amigable y menos hostil que los áridos textos básicos.

En segundo lugar (y se trata del motivo principal por el cual escribo este artículo), es que los profesionales que trabajan con ACT a veces ignoran o se olvidan de que están usando términos de nivel medio. Especialmente al enseñar, al investigar o teorizar (es decir, al producir o transmitir conocimientos), quedarse solo en ese nivel puede llevar a confusiones, porque los términos de nivel medio pueden ser algo imprecisos en algunos aspectos. Al enseñar o investigar “valores” por ejemplo, sería deseable tener una cierta familiaridad con los procesos verbales en los que se basa ese término, digamos, reforzamiento, control por estímulos y la conducta gobernada verbalmente –especialmente augmenting. Dominar los términos de nivel bajo puede permitir una mayor flexibilidad de aplicación –y muy especialmente, yo diría que es algo bastante necesario al momento de transmitir los conceptos. Especialmente si tienen que enseñar o escribir, agregar un poco de conocimientos básicos puede enriquecer notablemente su repertorio conceptual.

En tercer lugar, moverse con soltura entre niveles permite algo que es muy útil al dialogar con personas que no manejan nuestro modelo teórico (sean legos o profesionales de otros modelos), y que hemos dejado olvidado en este artículo: la utilización flexible de términos de nivel alto.

Como mencionamos antes, los términos de nivel alto son concretos e intuitivos; cuando alguien dice algo como “estoy lleno de entusiasmo”, a pesar de que la expresión es bastante confusa (por eso la critica Bioy Casares en el Diccionario del Argentino Exquisito, arguyendo que pareciera que uno es un recipiente lleno de algo #Bioy), resulta útil para comunicar un estado.

La conversación entre distintos modelos utilizando términos de nivel bajo es imposible. Es un poco más accesible con términos de nivel medio, pero en donde mejor podemos conversar con personas ajenas a nuestros modelos es utilizando términos de nivel alto, remitiendo a las experiencias compartidas del sentido común, pero, por supuesto, manteniendo todo el tiempo un pie en los conceptos básicos. Dicho de otro modo, hablar de “mente” o “emociones” puede ser útil para entendernos con colegas, pacientes o usuarias, siempre y cuando podamos dar cuenta en términos funcionales-conductuales de qué carajo estamos hablando.

Con bastante frecuencia la ciencia conductual ha directamente rechazado todo tipo de uso en términos de nivel alto, pero creo que eso es cortarse las piernas para sacarse los callos. Si tenemos cierta conciencia de en qué nivel estamos hablando y cuál es el nexo con los conceptos básicos, manejar distintos niveles puede ayudarnos con la transmisión, difusión y aplicación de los conceptos.

Las palabras son herramientas. Y como las herramientas, lo central no es tener muchas, sino saber cómo se usan.

Espero que les haya gustado este mamotreto. Si tienen dudas, comentarios, o sugerencias de temas que querrían que tocáramos en el blog, pueden dejarlo en los comentarios aquí debajo.

Nos leemos la próxima!

 

 

Referencias

Assaz, D. A., Roche, B., Kanter, J. W., & Oshiro, C. K. B. (2018). Cognitive Defusion in Acceptance and Commitment Therapy: What Are the Basic Processes of Change? Psychological Record, 68(4), 405–418. https://doi.org/10.1007/s40732-017-0254-z

Blackledge, J. T. (2007). Disrupting Verbal Processes: Cognitive Defusion in Acceptance and Commitment Therapy and Other Mindfulness-Based Psychotherapies. The Psychological Record, 57(4), 555–576. https://doi.org/10.1007/BF03395595

Dixon, T. (2012). Emotion: The history of a keyword in crisis. Emotion Review, 4(4), 338–344. https://doi.org/10.1177/1754073912445814

Hayes, S. C., & Plumb, J. C. (2007). Mindfulness from the bottom up: Providing an inductive framework for understanding mindfulness processes and their application to human suffering. Psychological Inquiry, 18(4), 242–248. https://doi.org/10.1080/10478400701598314

Pepper, S. C. (1942). World Hypotheses: A Study in Evidence. University of California Press.

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