Artículos Psi

El blog de Grupo ACT Argentina

¿Esto sería...?
Artículos

No te creo

La cura de las heridas

En el siglo XVII las heridas de guerra causadas por espadas y hachas eran un poco más frecuentes que ahora, y como podrán imaginarse, constituían un inconveniente notable para la salud del afectado. En ese contexto Sir Kenelm Digby (1603-1665), reclamó haber inventado una cura milagrosa: los polvos de simpatía (que existían desde antes, pero Digby fue el primero en hacer rueda de prensa al respecto). Se denominaba así a un preparado de sulfato de cobre que tenía como finalidad curar las heridas de arma blanca, y cuya forma de administración era peculiar: no se aplicaba sobre la herida sino sobre el arma que la hubiera infligido, o bien sobre un artículo que perteneciera al herido (por ejemplo, una venda). Se suponía al tratar la espada o una pieza de tela perteneciente al herido con estos polvos, tendría lugar una acción por simpatía  y así el tratamiento tendría efecto sobre la herida en sí.

Lo que es realmente extraordinario es que al parecer funcionaba; las heridas curaban mejor y se infectaban menos que con otros tratamientos disponibles.

Ahora bien, ¿cómo cuernos se explica esto? Para responder a esta pregunta, basta ver algunos de los libros médicos de antaño para ver qué implicaban los “otros tratamientos” disponibles. Esta es la receta para una pomada para las llagas:

“se hace con la mostaza en polvos, el pelitre, la estafisagria, la pimienta larga y el euforbio”

Ahora, consideren que ese mejunje era aplicado sobre la herida misma, lo cual prácticamente garantizaba una infección o una eventual gangrena. En contraste, como los polvos de simpatía se aplicaban sobre el arma u otro objeto, la herida se dejaba en paz, con lo cual, con un poco de suerte, ésta podía curar por sí misma .

Razonando fuera del recipiente

Ahora, imaginemos un médico de esa época administrando polvos de simpatía. Los pacientes que él tratara con estos polvos se recuperarían mejor de sus heridas que los tratados con otros métodos más directos, como ungüentos y pomadas. Agreguemos que, obviamente, nuestro médico no estaría familiarizado con el curso de la cicatrización en los pacientes que no recibieran tratamiento, ya que su experiencia, en su abrumadora mayoría, estaría compuesta mayormente por pacientes que recibieron tratamiento.

La conclusión a extraer, lo que le sugeriría toda su experiencia clínica sería que los polvos de simpatía funcionan para tratar las heridas. Nos repetiría una y otra vez, y lo diría con sinceridad, que él ha tratado miles de pacientes, que ve los resultados en su clínica todos los días, que centenares de médicos han usado este método de tratamiento durante años y años y que sólo un necio podría discutir su experiencia.

Sin embargo, aún cuando fuera sincero en sus creencias, estaría equivocado. Esta sinceridad haría que fuera casi imposible cambiar su opinión, aún cuando su tratamiento resultara en efecto peligroso (después de todo, se deja una herida sin tratar, sin desinfecciones, sin antibióticos). Este es el asunto: no es que no tenga evidencia, es que tiene mala evidencia.

Justamente porque está sujeta a estos errores es que la evidencia clínica de este tenor es tan poco fiable. Un reporte de caso, por ejemplo, puede ser sumamente esclarecedor, sirve para aprender, para observar irregularidades, pero es prácticamente inservible para demostrar cualquier cosa, porque no tenemos manera de saber cuáles son las variables que se quedan afuera. Lilienfeld escribió un excelente artículo (que Paula José Quintero reseñó en español), acerca de cuáles son las limitaciones que tiene la experiencia clínica.

La experiencia, como en el caso de nuestro médico imaginario, engaña. Es por eso que en investigaciones de este tipo se utilizan muchas personas, se aleatoriza la asignación de tratamiento, se utilizan grupos control, etc. Es porque nuestra experiencia nos engaña, y lo que llamamos ciencia es nuestra torpe -pero principal- manera de engañarnos lo menos posible.

Show me the data

Es por todo esto que cuando hablamos de tratamientos, mi actitud es uniforme: ante todo, no te creo. Tenés toda mi atención, todo mi interés, pero nada de mi credulidad. Por supuesto que en otros ámbitos estoy dispuesto a creer cualquier cosa, e incluso voy a creer que efectivamente aquella noche  Mick Jagger te llamó para salir a tomar una cerveza en Boedo.

En psicología, sin embargo, justamente porque me apasiona el tema, desconfío de las afirmaciones basadas en experiencia de dudosa calidad, porque no quiero darme una palmadita en la espalda sino realmente saber qué pasa en el ámbito del cual estamos hablando. La experiencia clínica, la anécdota, el reporte de caso, son esclarecedores, ayudan a ilustrar un punto, pero no sirven para decir “este tratamiento es efectivo”, aún cuando su número se multiplique. Lo que se necesita en estos casos no es más datos, sino mejores datos.

Esto es difícil, por supuesto. La investigación es ingrata de hacer, de leer y de entender. No es intuitiva ni favorece mucho el sentido común, lleva trabajo y requiere de uno el estar dispuesto a aceptar que nuestra experiencia nos engaña, que las cosas no son como parecen, que el mundo es más complejo que un caso. No se garantiza llegar a la verdad, ni siquiera estar menos equivocado, sino, como suele decir Steven Hayes, darnos cuenta de qué manera estamos equivocados, lo más rápidamente posible.

Entonces, claro, investiguemos los polvos de simpatía, veamos si funcionan, dediquémosle nuestro mejor esfuerzo, porque si es así vamos a tener un tratamiento extraordinario y se va a poner de cabeza todo nuestro conocimiento.

Pero, entretanto, no te creo.

 

Deja un comentario